Uno de los signos más alarmantes de la belle époque era la carrera armamentística: bajo una calma aparente, los Estados concertaban alianzas y aumentaban sus arsenales. Era la Paz Armada: las potencias se vigilaban con desconfianza, pues las ambiciones coloniales enfrentaban a unas contra otras.
En 1914, tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, Alemania vio la ocasión de debilitar a Rusia antes de que se hiciera demasiado fuerte, e incitó a su aliado, el Imperio austro-húngaro, a ser intransigente. Serbia se aseguró el apoyo ruso y Rusia la alianza francesa. Para entonces, solo Reino Unido e Italia quedaban al margen del inminente conflicto.
Por lo tanto Alemania no fue la única responsable, pero las acciones de Alemania fueron las que llevaron a la guerra.
Una parte principal de esa responsabilidad recae sobre Alemania y Austria-Hungría, pero también Rusia y Francia tenían su propia agenda. Francia estaba esperando una oportunidad para poder librar la guerra en sus propios términos. No la dispararon, pero tampoco la detuvieron. Y Gran Bretaña tampoco intentó pararla con ganas.

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